19 May 2011
NACIONAL
Fuente: Prensa Latina
LUIS MANUEL ARCE
La Pintada es un distrito aledaño al distrito de Penonomé, capital de Coclé, y su nombre sugiere una acuarela cuyo colorido podría agradecer al marañón rojo y amarillo que se da silvestre, o a sus mangos de vivos tonos y matices que parecen dibujados a mano.
Aunque en realidad es un paraje muy pintoresco donde el manto intensamente verde de una llanura que arranca en el Pacífico empieza desde allí a escalar la Cordillera Central, es la gente del vecindario la que le da su tinte especial y único.
No hay registro legal que consigne el origen de su nombre, mas sus pobladores sí creen saberlo: tatarabuelos y bisabuelos daban como referencia de dirección la única casa pintada que existía entonces en el lugar.
De aquella casa de colores vivos derivó el nombre de La Pintada, y de ésta el sombrero pintado o, mejor, pintao.
Y esta anécdota sale a la luz precisamente por esa prenda de vestir, recurrida e imprescindible, que lo mismo sirve para machetear hierbazales, arar con bueyes, dominguear y enamorar, que adornar la cabeza de una bella joven o una conspicua señora.
Cada año a partir de esta fecha el orgullo de La Pintada se eleva al infinito con su festival folclórico para defender con bailes y décimas, al ritmo del tamborito, la cumbia o la murga, el origen lugareño de su sombrero.
Las muchachas lo defienden con su belleza moruna y las que las rebasan en edad, con sus bailes acompasados, pero ambas con sus floreadas polleras, un arte supremo entre las artes de aguja y tijera.
Y, claro, los hombres no se quedan rezagados. Para acompañar a una pollera de gala, es obligación la varonil camisilla blanca de botones dorados y pantalón negro, chácara y chinela y, por supuesto, el sombrero pintao.
Después de eso, a mover los pies al ritmo de las tunas y los tamboritos, y más modernamente al compás de la murga, nada que ver con las gaditanas o las rioplatenses. Las murgas panameñas son como el curujey que se nutre de lo que ya existe para cebar su percusión, sobre todo el redoblante y el saxo, e incitar a mover pies y caderas combinando lo nuevo con lo viejo, lo universal con lo local.
Otra característica del festival del sombrero pintao es que eligen un abanderado, una personalidad respetada por la comunidad en la que aprecian un conjunto de valores compartidos por ellos, quien tiene el privilegio de bailar con la reina de la fiesta.
En esta ocasión el elegido fue Rodrigo Esquivel, el presidente de Petaquilla Gold, una minera que opera en la vecina Colón pero muy vinculada a comunidades de Coclé, quien taconeó el tamborito con Julia Chacón, su alteza real.
Y el presidente, por supuesto, tiene que salir al ruedo y, además, saber usar su sombrero pintao para proteger a la de la pollera con sus brazos abiertos, como el cóndor sus dominios cuando sobrevuela el cañón del Colca con sus alas desplegadas.
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